Memorable tarde de toros la que han protagonizado Morante y Manzanares. Dos estilos distintos de decir el toreo con los que han encandilado al público que llenaba por completo el coso portuense. Ambos salieron a hombros de la plaza por la puerta grande.
El Puerto, 6 de agosto de 2011
Maravilloso. Así de simple y al mismo tiempo así de complejo. Morante de la Puebla lo ha vuelto a hacer. Otra vez. Si sus formas fueron una fascinante inmersión en el toreo, hoy redobló la apuesta y lo transformó en exuberante y exquisito vagabundeo con sabor antiguo. A toreo en blanco y negro. Y no sé que cosas más con las que provocó nuevas sensaciones en obras efímeras pero totales. José María Manzanares fue la guinda con otras creaciones de toreo solemne y profundo, ricas en detalles llenos de sentimiento e imaginación.
Cada faena, de uno y otro, cada pase, de uno y otro, fueron poemas dedicados a lo ignoto. Quien lo vio creó realidad. Quien lo pensó lo razonó. En pocas ocasiones se puede asistir a un festín tan prodigioso de pases. Ora con la derecha. Ora con la izquierda. El no va más. Pero más allá de la fascinación de cada muletazo, lo que se ha sentido esta tarde en la Plaza Real de El Puerto fue el atrayente placer de los detalles, la capacidad de improvisar de quienes pretendían ofrecer a una plaza a rebosar todo un lujo visual y emotivo.
Y lo hizo Morante, que llevó al límite su toreo con el que tejió un mundo de ensoñaciones que muchos califican de mágico. Y no se quedó en la superficie, sino que profundizó en la verdad de unas formas tan diferentes como ilimitadas. Y lo hizo Manzanares, con un toreo convertido en apasionante forma de sentirlo. Su tauromaquia es hoy mucho más reflexiva y profunda que nunca, manteniendo una calidad de fondo tan excepcional que supera cualquier dificultad. Su capacidad para sublimar el toreo es extraordinaria, haciéndolo, además, con una solemnidad emocionante.
Morante transformó sus formas en auténtico toreo en completa resurrección con el encastado y noble tercero. El toreo a la verónica paró el tiempo. Un par de series con la izquierda y una docena de derechazos rescatados de memorables tardes hicieron el milagro. Óles que rasgaron el silencio ante el natural con vocación barroca, con el que dio forma a esta otra manera de hacer el toreo. Unos sabios toques de genialidad y apasionada inspiración en los adornos fueron joyas que poseían la gracilidad y belleza del más genuino arte de torear.
Y con el quinto, flojo pero noble, volvió a darle cuerda al tiempo para de nuevo deshacer a sus anchas un toreo con sabor añejo. Quitó por chicuelinas, banderilleó con compleja facilidad junto con Manzanares, pidió una silla, se sentó con torería, y de esa guisa la chispeante inspiración de Morante brilló con más intensidad y transparencia que nunca con unos ayudados de otro tiempo. Fue faena de detalles, sin demasiada emotividad por las características del toro de Núñez del Cuvillo. Su primero, flojo y molesto, no le gustó. Mató a todos con prontitud.
La variedad de las tres faenas de Manzanares, la matizada forma de ejecutarlas, la solvencia de cada pase y, sobre todo, la constante inspiración, contribuyeron a un triunfo de órdago. En ellas se vieron los más profundos muletazos diestros y los más auténticos y artesanales naturales de una tarde para el recuerdo. Con ellos encandiló a una gente que se dejó mecer por el vendaval de pases templados, armónicos, hermosos, hilvanados y rematados. El impacto que provocó se debió a su formidable virtuosismo. Un toreo que discurrió entre el frenesí y las palmas por bulerías de un público entregado y apasionado. No vale aquí enumerar muletazos a derecha e izquierda, pases de pecho y demás adornos que le ejecutó a cada uno de sus tres toros. Sí se hace necesario decir que sobre el albero del coso portuense se apreció el delicado pincel de quien ya ha dado unas cuantas vueltas por los más puros caminos de la tauromaquia. Una paleta hecha muleta de la que surgieron cuadros monumentales que hicieron sentir la emoción del toreo. Al noble y escaso de fuerza segundo lo finiquitó de estocada. En la suerte de recibir aniquiló de contundente espadazo al manso, aunque encastado y noble, cuarto. Y de estoconazo al descastado, aunque noble, sexto.
¿Las orejas? Es lo de menos.
Plaza de toros de El Puerto. Temporada estival. Lleno de “no hay billetes”
Toros de Núñez del Cuvillo, aceptables de presentación y juego variado. Destacó el encastado tercero, premiado con la vuelta al ruedo.
Morante de la Puebla, de grana y azabache. Silencio, dos orejas y dos orejas.
José María Manzanares, de tabaco y oro. Oreja, oreja tras aviso y dos orejas.
Saludaron tras soberbios pares de banderillas y perfecta brega la cuadrilla de Manzanares, formada por Juan José Trujillo, Curro Javier, Luis Blázquez y Raúl Blázquez.