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Sevilla, 25 de septiembre de 2011 El buen toreo es un lenguaje infalible que mantiene a raya la emoción. Una maravilla. Ni siquiera la justa fuerza del buen toro de Moisés Fraile consiguió desviar el rumbo de una faena con vida propia, peculiar, nacida desde la naturalidad y el sentimiento. La obra de Curro Díaz al primero, con firma de autor incluida, ha dejado huella en la última tarde de San Miguel. La transparencia, la belleza del trazo, la categoría de los muletazos diestros, la refinada ligazón y, sobre todo, la pasmosa lentitud, completó una faena en la que la solvencia de cada pase y la constante inspiración contribuyeron a un triunfo de peso. Los inicios por bajo marcaron la pauta. Después encandiló a un público sorpresivo que empezó a degustar con inmediatez un lento y emotivo toreo. Hermosos trazos artesanales, armónicos, hilvanados y rematados. Incluso hubo momentos de singular atractivo con el natural, con los cambios de mano y los soberbios pases de pecho, con el desmallado y lentísimo trazo diestro. Convencido y decidido se fue detrás del acero para firmar lo hecho con contundente estocada. Oreja en acertada decisión presidencial. Al cuarto, un manso protestado por manso, -¿?- anduvo decidido en el intento de no dejárselo ir. Realizó un enorme esfuerzo por trazar algún que otro muletazo a derecha e izquierda actuando con solvencia. De nuevo la contundencia de la espada bastó para tumbarlo. Prefiero lo que me emociona a lo que me sorprende. Y me emociona la sobriedad absoluta, la seguridad, la firmeza y el sentimiento en forma de un toreo expresivo que corrobore la autenticidad totalmente henchida de sensaciones. Me entusiasmó El Juli con la forma de decir el toreo. El mismo que tarde tras tarde se le percibe, abajo en el ruedo, de forma tan pura y auténtica en el concepto. Muletazos de recorrido profundo, emotivo, de telas barriendo la tierra de albero, ligado, rematado, improvisado. Un toreo sostenido sobre principios siempre convincentes. El madrileño toreó al segundo toro de El Pilar, de cambiantes embestidas, a placer. Desde los inicios por bajo hasta las últimas series diestras denotaron la excelente manera de hacer el toreo. Muletazos a derecha hondos, de exquisito temple, con continuos cambios de mano y excepcionales pases de pecho. Y hasta el suelto y escaso natural tuvo prestancia. Y esta vez no mató, y además lo hizo de infame manera. Pero lo importante es que se vio torear, y que lo visto ha sido embaucador, que va más allá del simple pase diestro y siniestro. Con el quinto, un toro basto de hechuras y escasa calidad, empleó técnica y sabiduría sin conseguir un mínimo lucimiento. Mató con brevedad. Y no hubo más, en esta triste tarde en la que el nacionalismo catalán le dio el cerrojazo definitivo a la libertad, porque Manzanares no pudo repetir sus logros anteriores en esta plaza. El tercero, flojo y sin casta, se paró en los inicios de faena, y el sexto, un sobrero de Salvador Domecq, mostró peligro y múltiples complicaciones durante la lidia solventadas por el alicantino con firmeza y valor aunque con escaso lucimiento. No obstante, fue de nuevo su cuadrilla quien volvió a brillar. Curro Javier lidió al sexto sensacional. Trujillo escuchó la música tras un soberbio par. Blázquez saludó, junto a Curro Javier, tras banderillear sus dos toros. Y Pedro Morales “Chocolate” picó con sabiduría y de forma épica al tercero. Toda una lección de toreros.
Un toro de Moisés Fraile lidiado en primer lugar, cuatro de El Pilar y uno de Salvador Domecq lidiado como sobrero en sexto lugar, bien presentados aunque con distintas hechuras, y descastados. Mejores primero y segundo, manso el cuarto, deslucidos tercero y quinto, con peligro el sexto. Curro Díaz, de blanco y oro. Oreja y ovación. Saludaron tras banderillear Juan José Trujillo, Curro Javier y Luis Blázquez.
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