| 8 de marzo 2010
Ahí siguen, en su Parlamento, echándoles horas, días, semanas a la causa pretendiendo ser la expresión de nuestra conciencia. Ahí siguen los antitaurinos engreídos menospreciando la opinión de sus oponentes. Los que defienden con mesura y eficacia una Fiesta que también es catalana. Les importa un carajo las nefastas consecuencias que supondría su desaparición para la pobre economía de un país sumido en una profunda e interminable crisis. Sólo les interesa eliminar cuanto antes este virus español. Y lo quieren aniquilar, estos cínicos y mentirosos en la defensa de sus ideas demagógicas, con la simpleza de sus argumentos abolicionistas aderezados con la exposición in situ de espadas, puyas y banderillas, las dañinas herramientas de la “tortura” con la que disfrazan su fingido ecologismo. Cuando no hay cosa más peligrosa que estos falsos progresistas convencidos de estar en posesión de la verdad. Y como no soportan a quienes no piensan como ellos, los descalifican a grito desaforado en un debate estéril que a nadie convencerá. Porque convencidos, muy convencidos, están los nacionalistas catalanes de su voto radical y prohibitivo. A la espera de que nadie salga herido de cabalgada semejante, el paripé seguirá el miércoles con contundentes y razonadas defensas a favor e insultantes postulados en contra. Mientras, la Comunidad de Madrid ha declarado los toros Bien de Interés Cultural. Una nueva iniciativa para la defensa de la Fiesta. Valencia y Murcia también la blindan en su territorio. No está mal. Aunque lo hacen ahora que el barco comienza a irse a pique, y cuando los que viven de ella aún siguen aplicados en su estoica tarea de verlo desaparecer desde la más segura de las orillas. Quizá, porque crean que la suerte ya esté echada.
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