| Sevilla, 12 de mayo de 2010
Y en consecuencia, lo que desde allí se decide pone espanto en el ánimo del torero que sabe que se encuentra con la subjetiva decisión de quien puede ponerlo rico o invitarle a seguir jugándose el “pellejo”, en determinantes actuaciones en importantes plazas de toros, sólo por amor al arte y… al peligro. Este panorama se repite, en no pocas ocasiones, cada ciclo de toros en plazas de primera y en ferias decisivas para muchos de los que en ellas se anuncian. Y estas actitudes de quienes presiden las corridas de toros dejan perplejo, y con cara de tonto, al que pretende conseguir su lugar en el toreo a base de arte, inmenso esfuerzo y valor desmedido con lo que quiere dar cuenta de lo que es, y lo que quiere ser. Sucedió en la Feria de Abril, y también el pasado domingo en la de San Isidro en Madrid. Aquí, un presidente mostró su saber y ejerció su poder, desestimando mayorías cuasi absolutas, con una figura del toreo, El Juli, sin que su actitud tuviese influencia en el futuro del torero. Allí, en Las Ventas, el que presidía arriba se mostró en contra del cónclave para negar lo obvio al gran Rafaelillo, invitándolo de nuevo a seguir por el mismo camino sinuoso, impreciso y completo de obstáculos. ¿Qué pasa –se pregunta el de abajo- cuando no se atiende lo que un torero está diciendo delante de un toro, cuando se convierte en caótica decisión diluyendo el sentido del discurso dado en el ruedo?. Pues que el toreo, el valor y la gesta han sido diseminados. Y que en el fondo, el ruedo de la plaza es un complejo sitio donde todo, hasta el propio toreo, se vuelve incierto. |
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