| Sevilla, 27 de mayo de 2010
Quién lo diría, pero es así: la gente está cansada, aburrida de pretextos y engaños, de tanto toro cornalón ayuno de bravura. Como si la casta estuviera sentenciada a desaparecer del campo ganadero. Como si la falta de raza diseminara la bravura para corroer aún más los pilares de la Fiesta. En todo caso, el desconcierto en Madrid se ha hecho patente, y es que falta el toro de forma generalizada. Pero también falta el torero. La escasa bravura que apareció en el ruedo del coso venteño fue desaprovechada. Y esto agrava la situación. Porque cuando irrumpió en escena el toro encastado, con bravura, dicen que indomable, no hubo delante quien le pudiera, quizá, porque el toreo actual se ha transformado en formas monolíticas. Quizá, porque el toreo actual es víctima de la decadencia de la casta y el almibaramiento de la nobleza. Quizá porque ahora, en los albores del siglo XXI, la extendida creencia de la desaparición de la casta ha dado paso a otra realidad que se venía venir desde hace años: el toreo estándar de un escalafón clonado. No es extraño que, en tales circunstancias, en los arbitrarios niveles de definición de estas formas, no haya nada más allá de la virtual representación del derechazo y el natural trazados con poco más del interés estético. Casi nadie muestra una mínima creatividad y muy pocos lidian cuando las características del toro así lo pide. Inicia Madrid la recta final de un ciclo para olvidar. Caído Tomás queda Morante. A él se agarra una gente deseosa de ver, sentir y emocionarse. Sólo él puede contribuir a subir la temperatura emotiva de un público al borde de la desesperación. Sólo él, tan distinto a todos los demás, puede conseguir que los tendidos bullan, el público grite óles de admiración y se emocione con tan soberbia realidad. ¿Porque… si no es Morante, quién?
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