| Sevilla, 18 de julio de 2011
Bastaría con eso, con que saliera el toro. En Pamplona y en otros muchos cosos de España, para que esta Fiesta a veces incoherente fuese más emocionante, más seria, menos liviana. Para que la brillante silueta del trapío no se apagara ni su sombra adelgazara. Esa que se queda corta, se difumina y desvalora en esas ferias de provincias y en alguna otra con el carisma de celebrarse en plaza de primera. Para que ese otro toro, de irresistible encanto para alcanzar la “gloria”, no se convierta en fracaso y caída de unos privilegiados del toreo, de triunfo fácil y mediático, víctimas al fin y al cabo de sus propias exigencias. Me sobrecoge la seriedad del toro de Pamplona. Sin estridencias, sin ser fieras para gladiadores ni mastodontes de exhibición que sólo asustan y acojonan. Me sobrecoge el toro que existe y pasta en los campos ganaderos con su inmensa e impecable integridad. Pero esta historia es la versión incompleta de la propia historia de la Fiesta en la que sigue echándose de menos el vigor de la exigencia. El serio lenguaje de la emoción que inspira al respeto. Donde se juega con la candidez de un público nada reivindicativo. Muchas ferias de julio y agosto, que sirven de marco para describir los destinos equivocados del “mediotoro”, quedan convertidas en metáforas del valor, de la ambigüedad, en la que el toro juega el gran papel de embaucador. Y así nos va.
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