| Sevilla, 15 de septiembre de 2011
No sé si conozco la verdad de las corridas de toros, pero ejerzo la crítica con dignidad, con todo el respeto y admiración para quien se pone delante de un animal fiero jugándose el tipo mientras dice el toreo. Bien o mal. Y lo hago buscando siempre el legítimo fin del crítico: ensalzar lo bueno y censurar lo malo. Así lo he hecho durante casi tres décadas, lo haré y lo seguiré haciendo con objetividad y en su grado máximo de dificultad sobre la arriesgada cuerda de la verdad. Dispuesto, incluso, a recibir los dardos envenenados de quienes no lo comparten. Seguiré siendo crítico de la Fiesta frente a esos lisonjeros dóciles tan vacuos como interesados. Sin ninguna duda. Sin mortificar y sin echar a nadie de donde deba estar. Faltaría más. Pero sí contra la estulticia, la necedad y la tontería dominante de quien, quizá, no espere otra cosa que ver convertido lo banal en auténtico para así poder escuchar lo que quiere oír, o leer lo que quiere ver, como si lo hecho en el ruedo así ocurriera. Así que, nadie lo dude, redescubrir el toreo de los que atisban maneras y, desde luego, gozarlo como pocos es para mí el mayor de los deleites, ensalzando y valorando siempre la capacidad de transmitir emociones de quien pretende llegar a ser alguien en tan difícil y complicado oficio. Lo que las miradas desde el tendido quieran ver en el ruedo es sólo una apariencia feliz e ingenua que se sirve como plato frío para dar lugar después a una mala y polémica digestión. ¿O no?
|
||
| (C) Manuel Viera.com / Reservados todos los derechos - Web personal de Manuel Viera, crítico taurino | Mercurio Estudios |
|