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Sevilla, 4 de octubre de 2012

Foto Álvaro Pastor     Hace ya tiempo que sobre la Fiesta se echan miradas y se depositan sentimientos contradictorios. Como si las corridas de toros se hubiesen transformado en Historia o, al menos, en objeto de melancólicos y nostálgicos del recuerdo tras acabar el nacionalismo con unas de las tradiciones seculares de Cataluña. E incluso piensan algunos  que es la pálida sombra de lo que fue y que su vigor prácticamente está agotado. Y no es así. Aunque cabe, sin embargo, lamentar  una incómoda sensación de que no todo va bien.

     La apariencia feliz e ingenua de un final de temporada maquillado por los apoteósicos triunfos de tardes históricas no ha de ocultar  otros males y problemas de un  espectáculo, a veces demasiado descafeinado,  lleno de tradiciones y anclado en el pasado. Y en otros casos de un teatro de sombras difuminadas aunque en la plaza se siga sintiendo, si nos lo permiten, la hondura efímera de un natural. Han sido muchos los errores cometidos  por un taurinismo que se ha llevado mucho tiempo mirando para otro lado, y ahora algo que parecía ser una vaga leyenda es una certeza preocupante.

     Que los ganaderos lo tienen cada vez más crudo es un truismo cuya constatación  no precisa más que un paseo por las dehesas de bravo sevillanas y andaluzas. Vender toros se está poniendo cada vez más difícil. El exceso de reses en el campo está obligando a muchos de sus  propietarios a mandar al matadero casi la totalidad de las camadas. Incluso entidades a las que están asociados le invitan a sacrificar  toros pasados de edad que pastan a la espera inútil de ser lidiados. Y en esto no debe leerse el menor asomo de pesimismo, sino la realidad imperante motivada  por una cadena de despropósitos de unos y otros.

     La interminable crisis económica ha hecho estragos en el sector y ha disminuido de forma alarmante la celebración de festejos en plazas de tercera. Las novilladas picadas han desaparecido de las ferias de pueblo. Los ayuntamientos han retirado las subvenciones pero, sin embargo, exigen a las empresas las figuras para sus plazas. Y estas mantienen su caché obligando al público a pagar un desmesurado y alto precio por verles torear, a veces, reses impresentables. Las plazas semivacías han sido la repuesta a la  “esplendidez”  de los que están obligados a valorar y mantener en alza el espectáculo. Acogerse a la noción de fatalidad no es excusa. Algo habrán tenido que ver con lo que ha pasado y está pasando.

     Allí donde existe  la voluntad siempre hay opciones. Aunque la verdadera solución  resida en esa nueva forma de ser, inusual  y generosa, de todos lo que componen el entramado de la Fiesta. No cabe otra.       

       

 

 

 

 





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