| Sevilla, 10 de noviembre de 2011
Se trata de tecnificar para después realizar. De oír para asimilar. Y todo ello desarrollado minuciosamente cada día para luego transmitir en el soñado círculo, vis a vis con el toro, esa emoción peligrosamente embaucadora del valor. A estas acciones de los que quieren ser torero le tengo un grandísimo respeto y admiración, a sabiendas de que muy pocos, casi ninguno, serán los elegidos. En estos tiempos imprecisos, en los que no se deja de pontificar, de prohibir, de anatemizar, de antitaurinos instalados más allá de su postmoderna lucha, reina una complejidad tan inmensa que dificulta la tarea de analizar. De establecer categorías entre los que son, quieren y pueden. De reflexionar sobre un futuro difícil e incierto motivado por el violento cambio producido en la organización de estos espectáculos menores. Si ya desde tiempo se habla de la variación en la estructura de las ferias, resulta muy lógico que los novilleros no encuentren acomodo en carteles que le dicen muy poco a una gente habituada a ver, oír y escuchar hablar sólo de figuras del toreo. Desde hace años las novilladas tienden a desaparecer de las ferias de pueblo. Y aunque la escasez de nombres no indica carencia de calidad su programación es deficitaria, lo que de algún modo marca el designio de los que empiezan. Además, hay quien no sabe qué gafas ponerse para mirar la realidad. Y son necesarias porque proporcionan visibilidad. Aunque le aparezcan motivaciones engañosas de pasionales aduladores que niegan, con ironía y cierta guasa sevillana cargada de alguna que otra dosis de cinismo, la evidente ausencia de aptitudes. Feo favor. |
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