| Sevilla, 19 de diciembre de 2011
El discurso de Enrique Ponce a modo de justificación y, sobre todo, la frase rotunda de Sebastián Castella “a la plaza voy a torear no a matar” parece decir mucho de quienes se denominan matadores de toros. Que nadie se llame a engaño. Los que allí han ido han renunciado a lo fundamental. Han sido cómplices de como al rito del toreo le han profanado su supremo final compartiendo, además, una derrota que no han intentado ni sabido evitar, actuando como si la madeja del tiempo hubiese sido inclemente con ellos y necesitasen salvarse a costa del toreo que hayan sido capaces de mostrar. A partir de este instante hay que saber calibrar cuidadosamente cada vocablo que se dice. No dejar nada a la ambigüedad para que lo dicho no actúe como espada de Damocles sobre la maltratada fiesta de los toros, y no se sigan abriendo puertas e indicando caminos que llevan al objetivo que ansían sus detractores. Posiblemente no haya sido su propósito, pero las inoportunas y contradictorias declaraciones del ganadero Gerardo Ortega al programa “Capote de paseo” de Giralda TV han aumentado el deseo de los “en contra” a la vez que han provocado de nuevo el debate. Decir, ahora, que “la evolución de nuestra Fiesta a largo plazo ha de terminar sin muerte del toro en la plaza” no deja de ser una inadecuada manera de meterse de lleno en un asunto que preocupa e inquieta. El problema es saber si lo dicho irá más allá de la mera anécdota o se quedará en el elegante juego de la impertinencia. De todas formas, Gerardo, no ha lugar.
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