| Sevilla, 23 de enero de 2012 Y es que este héroe por naturaleza, que tiene el toreo metido en sus venas, asienta los cimientos de su regreso sobre la sólida lucidez. No incurre en el error de negar lo evidente, por eso se calza las botas de seguridad para cuidadosamente sondear el terreno inestable que puede abrirse a sus pies. Para él la cosa está muy clara: categorizar una mera lógica convirtiéndola en realidad. El inicio es prometedor, la respuesta la perfilará el tiempo. Hay algo que quiere de un modo indiscutible: volver a ser lo que fue, aunque los matices del deseo fluctúen entre poder y la necesidad de serlo. No obstante, da la impresión que se entregará del todo a la tarea con el conocimiento de su propio oficio y la conciencia de sus nuevas limitaciones, aunque finja no tenerlas. Su andar por los ruedos de las plazas de toros no ha sido un camino de rosas. Hubo espinas, y muchas, hasta alcanzar espesor de tragedia, pero de las heridas nacen los sentimientos profundos y las emociones intensas, las mismas que se han de convertir en búsqueda de un presente feliz. Aquella primera sensación de víctima de la Fiesta, tras la espeluznante cornada, le producía una carga que le ahogaba la vida que no desea llevar. Convincente y seguro de sus posibilidades, sin complejos, con la responsabilidad de quien se vuelve a vestir de torero, Juan José Padilla, afronta la nueva aventura de la conquista. Basta ahora, por tanto y para terminar, reafirmar sus palabras con las que anunció su vuelta: “siempre dije que el sufrimiento es parte de la gloria y ahora empiezo a recibirla”. Sin duda.
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