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28 de enero de 2010 Uno de esos matadores de toros que ni siquiera cuenta para las estadísticas de su escalafón, porque perdido está en la cola de la larga lista, vivía ilusionado los prolegómenos de la corrida que habría de lidiar en un escondido pueblo de la vieja Castilla. Era, porque ya no la es, la primera tarde en la que se iba a enfundar el vestido de torear tras once meses de desesperante espera. A muy pocos días de la celebración del festejo le llaman para contarle “lo mal que está todo esto, que para echar la corrida pa’lante tendría que ayudar… “poner”, y después, si la taquilla lo permite, la cosa se podría arreglar”. El desilusionado torero siguió sumando meses a la desesperante espera. Quizás otro año más. Y si no a pagar por torear. Aún muchos lo hacen. Allí lo hicieron y el festejo se celebró con nuevo nombre en el cartel. Si uno no “traga” siempre habrá otro que lo haga. Así transcurre el día a día en la dura lucha de los que deambulan por plazas de pueblo en busca de la utópica gloria. Esta es la Fiesta de los olvidados, de los que perdieron el crédito al perder el “tren” en la primera estación. O de los que aún no lo tomaron. Esta es la Fiesta de las “mayorías”, porque los que forman las “minorías” son muy pocos los elegidos. Y entre los de arriba, entre los que comandan el escalafón, entre los que forman la primera línea de salida en el inicio de las grandes ferias de temporada, todavía hay quien se permite obviar Sevilla olvidando responsabilidades que a él, más que a nadie, le corresponden. Siempre, el que ha mandado en el toreo solía jactarse de la credibilidad adquirida por su condición de primerísima figura. Hoy, en efecto, de ella presume, pero la pierde, quizá, al eludir una plaza y una feria que deberían ser prioritarias en los compromisos de temporada de quién se supone es el número uno. El pasado año pensé de quien no toreó en Sevilla por evidente desacuerdo con la empresa, desprestigiando a su afición y a la plaza de la Maestranza, que se trataba de la rareza de un mito. Hoy pienso, de quien vuelve a dejar huérfano de su toreo al mismo público y por las mismas causas, que mucho tendrá que cambiar en sus estudiadas estrategias de temporada para que su condición de “único y diferente” conserve su vigencia. Y es que mientras muchos buscan a la desesperada una plaza de toros para mostrar su toreo, uno la rechaza con toda impunidad. Simple incoherencia.
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