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25 de febrero de 2010 Hay realidades que se escapan. Así es. Cualquiera con un mínimo de sentimiento en su afición pagaría cuanto estuviese en su mano por contemplar un natural de Tomás. Mañana mismo. En la Maestranza. Con toros astifinos acariciándole los muslos y provocando emociones. Ni una pizca de duda. Pero como casi siempre pasa todo se tergiversa, se confunde, se empequeñece o se engrandece según convenga. No se lee ni se entiende lo que está escrito, sino lo que se quiere leer y entender. Que me aspen si comprendo algo. Que me aclaren este embrollo textual cuando se brindan claves esenciales para discernir lo que se escribe y se dice. No sabía yo que iba a provocar con tan casto texto un combate tan singular, entre grandes mentiras y pequeñas verdades, que a su vez fertiliza una polémica que falsea, de alguna manera, la propia opinión. Ironizaba en una ocasión Caro Baroja, que la tentación de falsificar para imponer los argumentos propios era asunto de tal importancia que sólo al diablo cabría atribuirlo. Y es que la lucha entre la verdad y la mentira, cuando se libra en el subjetivo campo del taurinismo, alcanza a veces dimensiones más cómicas que trágicas. Pero con todo, uno tiene que explicarse con algo más que con cierta afinidad en los temas y en las formas, y con la publicación de “Una estrategia de nulo tirón popular” consideré, y considero, que mientras no se conozcan las “exorbitantes” –vuelvo al entrecomillado- cifras, ni quienes intentan contratarlo son simples embaucadores ni quien lo representa es víctima inocente de su ingenuidad. Porque queda claro, muy claro, que todo en el mundo del toro se mueve en la oferta y en la demanda. Y la oferta desde luego no era unívoca.
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