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Sevilla, 19 de agosto de 2010 ¿Es posible cambiar el guión de lo establecido desde hace un siglo añadiendo sentido común a una Fiesta perjudicada más desde dentro que desde fuera? Si ahora, aquí, no se produce el milagro de la unión y el entendimiento de los que la dirigen, y de los que viven de ella, a modo de recuperar de una vez por todas el prestigio y la seriedad, esto se acaba y se va al carajo sin remedio. En no más de dos semanas el escándalo fue protagonista en dos frentes de candente actualidad: en el Puerto de Santa María y en Málaga. Y en ambas plazas las mismas divergencias: el toro. El toro que para los que lo lidian y el que organiza el espectáculo es válido, y para el que preside y vela por los intereses del que paga no lo es. Y es que aquí nos movemos en medio de esa picaresca severa y avara del negocio pese a provocar la desconfianza a un público que con inusitada paciencia intenta adaptar su afición a este extraño mundo de las corridas de toros que, aún recibiendo palos desde diversos frentes, los que lo dirigen viven escondido como hurones, aguantando ataques, asfixiantes presiones, con su parquedad de mollera. Sin importarles que ese vivir con la perspectiva perenne de la pérdida económica, y de los que buscan el alivio en el ruedo de la plaza, provocan estas actitudes con las que emergen de inmediato los poderosos intereses que dañan, y de qué manera, a una Fiesta a la baja. Quizás entonces, cuando unos y otros le echen sentido común a estos penosos asuntos, se darán cuentan que, a diferencia de lo que ahora sucede, el enemigo no son los otros, sino los mismos de siempre.
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