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Sevilla, 5 de septiembre de 2011 No está siendo lo que debería de ser. Se le resiste el triunfo de órdago y sólo su valor, y su toreo, le permite y justifica hacer lo que hace. Demasiado poco, sin embargo, para mucha gente que acude a la plaza por motivos muy distintos al goce de verle torear, y que se aparta de la realidad de la corrida de toros buscando sólo el dramatismo de sus formas. Todo es bueno si el mito consigue expresar lo imaginado, pero si no lo perciben la concatenación con el de abajo habrá terminado para los que sólo buscan recrearse en lo trágico de un toreo cuya transmutación hacen básica. Él no deja de ser un revolucionario en el ruedo que continua trastocando conceptos convirtiendo lo que hace en historia interminable. Él sigue coleccionando valor, obsesionándose con este símbolo fundamental de la tauromaquia que le sirve para introducir su toreo en medio de la quietud consciente, con puntos de anclaje en el camino del toro hasta transgredir la norma para poner tintes épicos a la lidia, mientras en la plaza se vive en estado de tensión intensiva. Él se adentra en los territorios del toro. Lo intimida. Se acerca al lugar de la cogida. Juega con el destino intercambiando ventajas. Y todo ello se sublima a través del sufrimiento y el placer. Lo suyo es un estado de ánimo. Una predisposición al encuentro con el toro forzando la máxima implicación de una gente deseosa de apasionarse. Incluso parece apartarse de la realidad de manera platónica para crear con la emotividad de sus formas la verdad de su toreo. No hay más reposo. Y sí luz al final de un túnel que se hacía eterno. Es lo único que queda: torear. En suma, José Tomás ha vuelto. Lo que hace en la plaza sigue siendo convincente para muchos, pero es una lástima que quien tiene delante no lo sea tanto. Y es ahí donde puede estar la fisura por donde se escape el verdadero núcleo de su historia. Porque mientras uno aporta emoción, el otro añade pasividad. Flaquea el toro y, por consiguiente, se impone una nueva búsqueda seria y con garantía. No hay nada más determinante que el toro. El necesario para que, con su exclusiva tauromaquia, lo convierta en leyenda.
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