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Sevilla, 19 de octubre de 2011. Llevas diecisiete años de matador de toros. De triunfos y de cornadas. De miedos y angustias. De toreo. De éxitos absolutos, como aquel San Fermín de 1999 con miuras que te catapultó a la exitosa temporada del año 2000 pisando las más importantes plazas de toros en las mejores ferias de España, Francia y América. Triunfos y cornadas en esa otra dura temporada de 2001 - la de los percances en San Sebastián y Pamplona de triste recuerdo- que supiste levantar con el indulto de Jerez, con la encerrona, aún convaleciente, con seis victorinos en Bilbao y con la triunfal confirmación en La México. Y así seguiste forjando tu carrera, a costa de un escalofriante valor y un desmesurado esfuerzo que te ha proporcionado, además de fuertes cogidas y graves cornadas, estar en las más importantes ferias ocupando puestos en los carteles “toristas” de los mejores ciclos. Conoces como nadie la dureza de tu oficio sellada en tu cuerpo por espeluznantes cicatrices. Esas que dicen también son trofeos ganados a fuerza de valentía y pundonor en trágicas y épicas tardes. Y a pesar de todo esto no guardas rencor al toro ni a la profesión. Porque quizá el enorme sacrificio, las cornadas, y todas las vicisitudes que has pasado han merecido la pena. Porque demuestras cada momento que eres torero de los pies a la cabeza. Por sinceridad y ambición. Por el rigor de tus faenas. Por la capacidad de superación. Por tu valerosa y auténtica verdad. Por tu convicción. Por buscar y conseguir, sin importarte jugarte la vida en cada pase, el respeto de la gente. No sé si será por esto, Juan José Padilla, pero lo que sí sé es que entregas el corazón en esencia cada día que te vistes de torero para regalar la emoción que provoca el valor, el peligro, el afán de ganar tu particular batalla, aunque la fantasía del toreo quede relegada en muchas tardes de corrida. Y es que, a veces, la fantasía no interesa. Sí la intensidad emocional conseguida con épicas faenas a toros imposibles, complicados y de peligrosas embestidas, toros altos, zancudos, feos, cornalones, mansos, aquerenciados, listos… con los que te entregas sin piedad. No Juan, un triste accidente motivado por tu autenticidad al clavar un soberbio par no te va a quitar de hacer lo que mejor sabes hacer: torear. Porque a pesar del trágico percance vives, y tú, el mejor “roquero” del toreo, necesitas el triunfo para seguir viviendo, para seguir queriendo a tu mujer y a tus chiquillos, a tu Paloma y a tu Martín. A tus “amiguchos”, a tu Jerez y a tu Sanlúcar. Y mientras quieres, lucha por conseguirlo. Vive. Vive para que vuelvas a disfrutar de la guitarra y el cante compartiendo mesa en el “Rengue” con Diego Carrasco o Fernando de la Morena. Con Nano de Jerez o Pansequito… Sigue queriendo, Juan, para seguir viviendo.
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