OPINION

Romero y Paula en Utrera. Foto Pepe Florido    “…La magia de la media verónica se hacía escultura eterna. El lentísimo natural se prolongaba durante el resto de la tarde, y enseguida aquellos pases aislados iban siendo ensamblados y rematados. El toreo se sublimaba…"

Sevilla, 23 de noviembre de 2011

     ¿Te acuerdas? En aquel grisáceo día se representó en la arena dorada del viejo coso unas de las cumbres del toreo de todos los tiempos. Fueron auténticas joyas de asombrosa perfección. Obras plásticas de fascinante pureza clásica con las que los dos genios adquirieron  impensables niveles  de complicidad creativa. El toreo hecho y dicho con una armonía y elegancia paradigmática. Luz de domingo de marzo que iluminó el amenazante cielo cárdeno de Utrera.

     Curro y Rafael daban vida al toreo. Dos mitos de primerísima magnitud mostraban la memorable fuerza expresiva de su tauromaquia. La magia de la media verónica se hacía escultura eterna. El lentísimo natural se prolongaba durante el resto de la tarde, y enseguida aquellos pases aislados iban siendo ensamblados y rematados. El toreo se sublimaba tras las distintas faenas cobrando un hondo sentido y una nueva dimensión. Y cuando la obra  estaba casi acabada añadían, a la manera  de pinceladas  que buscaban la perfección, los emotivos y grandes detalles del pase por bajo, ayudados por alto, la trincherilla y el kikirikí rebosante de torería. Cada lance de uno u otro era un derroche de inspiración. Cada pase un poema dedicado al arte. Ser testigo de aquello no tuvo precio.

     Ahora, un año antes de que se cumpla el veinticinco aniversario de aquel histórico 13 de marzo de 1988 -¿será por superstición?-, el homenaje de reconocimiento a uno de los protagonistas del “mano a mano” agitó su ánimo y pidió compartirlo con  quien junto a él mostró duende, talento y maestría. Rafael y Curro recibirán la consideración de la Hermandad de Los Gitanos de Utrera, artífice del tradicional y prestigioso festival benéfico, en la próxima edición de 2012 para revivir, con el rigor y la intensidad que merece, aquella irrepetible, emotiva y significativa tarde de toros veinticuatro años después  de producirse el hito en la historia taurina del centenario y ya desaparecido Arrecife. Vuelve el arte.

                                                                                          

 





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