OPINION

Quito. Muerte no pública. Foto EFE"...La forma más triste y repugnante de mutilar esta Fiesta profana, aunque con elementos  que lindan  en lo mágico y lo mítico, es matando al indefenso animal de un canallesco machetazo a traición en la oscura soledad de una manga…”
 
Sevilla, 1 de diciembre de 2011
 
     Cuando era  un chiquillo, fascinado por la heroicidad de los toreros delante de la fiera, creía que lo sustantivo de las corridas de toros se hallaba en la arriesgada y contundente estocada final. Me lo hizo ver quien me inculcó la afición. Quien me sacaba del internado salesiano aquellas tardes de domingos de mayo para sentarme junto a él en los abarrotados tendidos maestrantes entre humo de habanos, que caracterizaba el ambiente y despertaba los sentidos,  y el olor penetrante a regada tierra de albero. Y allí quedaba cautivado por el valor del intrépido protagonista  que, tras resolver las dificultades de la lidia, llevaba a cabo su final objetivo que era, para mí, el motivo principal de aquel ceremonial rito.

     Con el paso de los años fui descubriendo cualidades y calidades, que mi poca edad no me permitió percibir, en los que expresan su talento y maestría a través del valor. Profundicé en ellas hasta llegar a sentir la emoción en la plaza tras la minuciosa forma de hacer y decir el toreo, y así sucesivas  puertas iban abriéndose para darme entrada a un espectáculo único, en el que se muestra todas las posibles maneras de sentir un arte, efímero, generoso y heroico, que hace alcanzable comprender el misterioso destino del toro. Porque no tiene otro sentido la vida de quien nace para morir en el ruedo de la plaza.

     Me es imposible, aunque lo intente, entender la muerte del toro fuera del redondel. La forma más triste y repugnante de mutilar esta Fiesta profana, aunque con elementos  que lindan  en lo mágico y lo mítico, es matando al indefenso animal de un canallesco machetazo a traición en la oscura soledad de una manga. Así lo han decidido  las autoridades  ecuatorianas convirtiendo la feria de Quito en una pantomima con toreros que simulan la suerte de matar, y con el beneplácito de algunos diestros españoles que no han dudado en compartir la triste ceremonia de la confusión. Inexplicable conducta.  

  

   





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