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Con el paso de los años fui descubriendo cualidades y calidades, que mi poca edad no me permitió percibir, en los que expresan su talento y maestría a través del valor. Profundicé en ellas hasta llegar a sentir la emoción en la plaza tras la minuciosa forma de hacer y decir el toreo, y así sucesivas puertas iban abriéndose para darme entrada a un espectáculo único, en el que se muestra todas las posibles maneras de sentir un arte, efímero, generoso y heroico, que hace alcanzable comprender el misterioso destino del toro. Porque no tiene otro sentido la vida de quien nace para morir en el ruedo de la plaza. Me es imposible, aunque lo intente, entender la muerte del toro fuera del redondel. La forma más triste y repugnante de mutilar esta Fiesta profana, aunque con elementos que lindan en lo mágico y lo mítico, es matando al indefenso animal de un canallesco machetazo a traición en la oscura soledad de una manga. Así lo han decidido las autoridades ecuatorianas convirtiendo la feria de Quito en una pantomima con toreros que simulan la suerte de matar, y con el beneplácito de algunos diestros españoles que no han dudado en compartir la triste ceremonia de la confusión. Inexplicable conducta.
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